El porque del río

Nací y crecí en una ciudad al lado del mar, un mar que solo se me aparecía en los veranos, pocas veces, al tomar un poco de sol y luego bañarme en sus aguas, tan frías. Me molestaba, lo sigue haciendo, el oleaje. Con un gran amigo, en divague en contra de nuestras «tristes» vidas pueblerinas, elegíamos siempre a ese mar como el causante de ese destino chitadino, pero sabiendo vengativamente -que a su vez, y en algún futuro- nos vengaría destruyendo el lugar de nuestros pesares: el paisito.

En los años 70 conocí el río y casi me quedo a vivir. Era Rosario, pero no era el tiempo. Comenzaba mi aventura dentro del mundo del arte y el retorno a la ciudad grande iba a ser inevitable pero el río quedó metido en un rincón mío con su magia, sus luces, sus silencios y a veces sus rugidos.

Luego, mi vuelta a la ciudad marítima por más de una década solo acentuó ese recuerdo.

Tampoco en la capital me incitaba la cercanía del río. Sería por su inmensidad a la que un escritor santafesino llamó «el rio sin orillas». Muchos de los escritos de Saer a quien había conocido levemente en los 70 -junto al río, sin saber quién era, ni que había escrito- me empezaron a llamar la atención. No era la descripción del río ni del agua, ni su planterío, ni sus botes -que no eran los protagonistas de sus relaciones, como en mi caso-, era la carga intertextual y metafórica del río conteniendo el espacio dramático de sus relatos.

En algún momento comencé a conocer el Tigre, con su río y sus anacronismos. Lo abandonado, lo primitivo, lo mal cuidado, el óxido, los malezales y los fuegos nocturnos, el agua nunca quieta y su borboteo, los silencios solo rotos por los zumbidos de los insectos y los chillidos de los pájaros. No necesitaba como el escritor al personaje, solo me atraía lo visual y su espíritu, ese teatro, donde las imágenes desbordaban y eliminaban la teatralidad de unos personajes que se volvían innecesarios en el paisaje. Sólo era naturaleza desbordada y detenida en el tiempo…era el lugar ideal, con la ciudad cercana pero tan esquiva.

El Tigre, ahí, cerca. Quizá, algún día…

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